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INTERNACIONAL
La alegría del euroescéptico
Por David García Martín
La crisis económica ha sumido a Europa en una crisis de identidad. Los países ricos de la Unión Europea (UE) no están dispuestos a financiar eurobonos, ni a contribuir más a los fondos de rescate para ayudar a las economías de los países “irresponsables”. Lo que después de la Segunda Guerra Mundial comenzó como un proyecto de convivencia y bienestar, hoy se tambalea. Los euroescépticos se frotan las manos.
En esta Europa de dos velocidades, los que más corren tienen miedo a contagiarse del paso de tortuga al que se han incorporado las economías de países como Grecia, Irlanda, Portugal, Italia o España. Alemania y Francia ya diseñan una Unión a su medida. Durao Barroso, Presidente de la Comisión Europea advierte: ”Una Unión dividida no funcionará”.
Pero Europa no es sólo un acuerdo de moneda única en el participan 17 países de los 27 que integran la UE. Son 500 millones de ciudadanos que pueden moverse con libertad por el espacio Schengen, con unos valores de convivencia y una defensa de sus derechos amparada por el Convenio Europeo de Derechos Humanos. Esto no es la panacea, pero sólo hay que echar la vista atrás.
También hay que tener en cuenta sus complejidades administrativas y sus competencias, muy mejorables, pero también necesarias para gestionarla.
A pesar de que más del 50% de las exportaciones de Reino Unido acaban en el mercado del viejo continente, e impulsa gran parte de la inversión del país isleño, el pasado mes de Octubre, 80 diputados conservadores de la Cámara de los Comunes votaron a favor de un referéndum, no vinculante, sobre la permanencia del Reino Unido en la UE.
“El euro es la causa de la crisis. Las causas tienen su origen en políticas erróneas, presupuestarias y macroeconómicas. Adoptadas por los estados miembros, y en una supervisón económica de las instituciones europeas”, esta aseveración, podría ser de alguno de los representantes parlamentarios más conocidos de Europa por su antieuropeísmo, como el liberal holandés, Geer Wilders, o el checo Vaclav Klaus, pero es del actual Presidente de Portugal, Aníbal Cavaco Silva. Si a todo esto se suma la última discusión del premier británico y el Primer Ministro francés en la última cumbre. Hay más de una razón para constatar que la gran familia europea no pasa por sus mejores momentos.
Existe la creencia entre los euroescépticos de que los estados tienen más libertad, prosperidad y seguridad cuanta más soberanía tienen. También que con su independencia defenderán mejor los intereses de su país, a pesar de que la globalización ha llevado al mundo a una interdependencia nunca vista.
El analista británico, Timothy Garton Ash, indica, para desmentir las afirmaciones anteriores, que “los europeos pueden recaer en la barbarie, tanto dentro como fuera de las fronteras nacionales, con tanta rapidez como cualquier otro”, y resalta que “es beneficioso que haya unas estructuras de regulación permanente de los conflictos que se dediquen a hablar mejor que a pelear”, en palabras de Churchill.
Además, la posibilidad de que un país afronte ajustes económicos en solitario con buenos resultados está por ver. Ante las superpotencias, los europeos están más seguros unidos. Y no se puede olvidar a China, que mira con atención “para sacar partido a la situación”, advierte Garton.
Los nacionalismos forman parte del pasado. Después de la Segunda Guerra Mundial sólo algunos nostálgicos soñaban con una gran nación. Pero el miedo y la incertidumbre se han instalado en la sociedad. La falta de líderes que impulsen con determinación el proyecto europeo, y un laberinto burocrático exasperante, han puesto de nuevo, sobre la mesa, esa idea antimoderna de la tribu.
En la actualidad, los jóvenes viajan por el mundo. Estudian en universidades europeas a través de las becas Erasmus. Aprenden idiomas. Se relacionan abiertamente y sin complejos. Se empapan de las nuevas culturas a las que se acercan. Son personas abiertas a los cambios y a las nuevas realidades. Buscar las soluciones dentro, en un mundo cada vez más interdependiente, es un error. Europa pasa malos momentos, pero las soluciones y oportunidades no están en el terruño, sino en una Europa abierta y solidaria.
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Piedras incómodas en el camino de China
Por Ignacio Morilla Pérez
Un grupo de científicos de la Agencia Japonesa de Ciencias Marinas y Tecnología ha descubierto una zona de unos diez mil millones de kilómetros cuadrados con abundante contenido en “tierras raras”. Estas tierras se componen de elementos como el diprosio, el terbio o el itrio, utilizados en la fabricación de turbinas eólicas, smartphones, televisores de última generación o lámparas de luz de bajo consumo. Yasuhiro Kato, profesor de la Universidad de Tokio, ha declarado que las reservas en un kilómetro cuadrado podrían proporcionar una quinta parte del consumo mundial durante un año. China, que controlaba el 97% del mercado, podría ver amenazado este monopolio.
Las tierras raras son un conjunto de diecisiete elementos de la tabla periódica que se encuentran el la naturaleza de forma muy dispersa. Fueron descubiertos en el siglo XVIII pero ha sido en los últimos años cuando se han aplicado a la industria tecnológica.
China utilizaba el monopolio de las tierras raras con fines diplomáticos. En otoño de 2010 interrumpió las exportaciones a Japón durante un mes por una crisis diplomática. La dependencia de China y el temor a que en un futuro pudiese reducir las exportaciones ha provocado un aumento en los precios de estos minerales. El kilogramo de diprosio, utilizado en motores de vehículos eléctricos e híbridos o en discos duros de computadoras, se multiplicó por treinta desde 2003, llegando a costar 467 dólares el kilogramo. El precio del cerio casi se quintuplicó el verano pasado.
La revista Nature Geoscience anunciaba el hallazgo de un gran depósito de tierras raras bajo la superficie del Océano Pacífico. Una amplia zona en torno a Hawai, de 8,8 millones de kilómetros cuadrados y otra al este de Tahití de 2,4 millones. El profesor Kato estima que separar el mineral del fango sería fácil y económico.
Los descubrimientos del científico, junto con el dato de que podrían existir bajo el agua entre ochenta y cien mil millones de toneladas de estos minerales -el Servicio Geológico de Estados Unidos calculaba en 110 millones de toneladas las reservas hasta la fecha-, hacen pensar que el control monopolístico que ejerce China en el suministro de estos materiales cambiará en el futuro. La Autoridad Internacional de los Fondos Marinos -organismo dependiente de la ONU- deberá conceder los permisos de explotación y extracción, ya que los depósitos encontrados se hallan en aguas internacionales.
La escasez de estos elementos y la alta dependencia del país asiático, ha frenado el desarrollo de nuevas tecnologías ecológicas como las turbinas eólicas o los automóviles híbridos y eléctricos. Para poner solución a esta dependencia, el Instituto de Materiales Metálicos del Instituto Lebiniz (Alemania), ha centrado su investigación en la creación de metales artificiales que sustituyan a las tierras raras. Este descubrimiento podría poner fin a esta situación e impulsar el desarrollo de nuevas tecnologías. Actualmente en el mundo hay seiscientos mil coches híbridos. Oliver Gutfleisch -jefe del departamento de magnetismo y superconductividad del instituto-, vaticina que en 2018 habrá 20 millones.
Pese a las declaraciones del profesor Kato, numerosas organizaciones ecologistas han advertido del posible riesgo ambiental que conlleva la explotación de tierras raras. Julio Barea, doctor en geología y experto en contaminación de Greenpeace, asegura que “este tipo de minería es muy agresiva y contaminante” y que “sólo una ínfima parte de estos minerales se comercializa, después de un tratamiento con ácidos y substancias muy tóxicas”. Por su parte, el profesor Kato declaraba que el fango simplemente es enjuagado con ácidos diluidos (ácido sulfúrico o ácido clorhídrico) durante una a tres horas a temperatura ambiente, y que “esta técnica no representaría ningún riesgo para el medio ambiente ya que los ácidos diluidos utilizados no son vertidos al océano”.
Las tierras raras se suman a los materiales en los que los seres humanos hacen depender su tecnología y gran parte del crecimiento económico. Como tantas otras riquezas, su control y explotación pueden intensificar conflictos armados, hacer que se tambaleen los mercados y dañar el medioambiente.
Nuevas formas de cooperar
Por Ana Muñoz Álvarez
Toneladas de alimentos de Brasil, dinero de Estados Unidos y logística de España, por ejemplo, para resolver una crisis humanitaria en un país africano. No es una utopía. Es una nueva forma de cooperación entre los países. Más eficiente y racional. Porque algo tan evidente como que la comida que sobra llegue a aquellos que más lo necesitan, no es la manera de trabajar de las organizaciones y organismos internacionales.
España y Brasil son los impulsores de un nuevo concepto de cooperación en las graves crisis humanas que vive nuestro planeta por la codicia de algunos, las catástrofes naturales, las guerras… La idea de españoles y brasileños es hacer que la cooperación sea eso, una verdadera fórmula de colaboración y solidaridad entre los pueblos para paliar las necesidades puntuales de los más desfavorecidos.
La iniciativa surgió en el año 2009, después de que Centroamérica sufriera el paso de los huracanes “Ike” y “Gustav”. Brasil realizó una gran campaña de recogida de alimentos a través de su Programa Hambre Cero. Los brasileños respondieron y se recogieron más de 40.000 toneladas de alimentos (leche, arroz y maíz). Pero las autoridades brasileñas necesitaban a un “socio” con experiencia para poder llevar la ayuda a su destino. Fue entonces cuando el entonces presidente Lula pidió ayuda al presidente español, Rodríguez Zapatero. La AECID (Agencia Española de Cooperación Internacional para el Desarrollo) se hizo cargo de una gran operación de logística, quizá la más grande desarrollada hasta el momento. Los alimentos, por fin, llegaron a la población de Haití, Honduras y Cuba. Con esta gran acción humanitaria no sólo se paliaron las necesidades de alimentación de esos países, sino que también se consiguió reducir los costes de este tipo de actuaciones y crear un sistema de cooperación donde el flujo de la ayuda no fuera sólo del Norte al Sur. Y así, por ejemplo, países receptores de ayuda se están convirtiendo también en donantes. Es lo que ha ocurrido con Sudán, que donó al Programa Mundial de Alimentos más de 9.000 toneladas de sorgo, que se repartieron en Etiopía. O Tailandia, que donó 7.000 toneladas de arroz excedente para la población de Haití.
El éxito de esta propuesta hace pensar en que se convierta en una nueva forma de trabajo, donde los esfuerzos se racionalicen para conseguir más y mejor ayuda. La AECID calcula que en la acción humanitaria que llevaron a cabo entre Brasil y España, con el mismo presupuesto, se consiguió el triple de impacto en la población centroamericana. Y eso es una cooperación más eficiente y eficaz. Ya está prevista una nueva “triangulación” para dar respuesta a una de las crisis humanas más largas y difíciles: Somalia. Brasil vuelve a poner los alimentos, Estados Unidos pondrá el dinero para el transporte de los alimentos hasta Somalia, y España se encargará de la logística y el reparto de los alimentos junto al Programa Mundial de Alimentos.
La cooperación internacional es atacada, por muchos, por su despilfarro o por su falta de eficacia y rapidez. Los noticieros y los periódicos se llenaron de noticias de lo mal gestionada, por ejemplo, que la ayuda internacional ha estado en Haití, devastado por el terremoto, o en Pakistán, tras las inundaciones… Y no les falta razón. A veces, son muchos los países que envían una misma cosa o una vez enviada no hay nadie para repartirla o se queda en el camino y no llega a los que verdaderamente lo necesitan. Una verdadera cooperación entre los países, donde cada uno ponga lo mejor que sabe hacer o que tiene, puede ser la clave para gastar menos y llegar a más. Porque mejor ayuda significa menos pobreza.
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Primavera social en España
José Carlos García Fajardo - Profesor Emérito de la Universidad Complutense de Madrid
Miles de personas se congregaron en una manifestación convocada por “Democracia real, ya”, movimiento que se ha ido transformando por el aporte de miles de ciudadanos indignados. Éramos unas decenas de miles, camino de la Puerta del Sol. Lo que nos unía era la reacción contra los graves problemas que ha traído la desastrosa gestión de una globalización, que está aquí por las nuevas tecnologías y la revolución de las comunicaciones.
Pertenecíamos a los más variados estratos de la sociedad: jóvenes, medianos y mayores; profesionales, empleados y autónomos; hombres y mujeres, algunas llevando niños; universitarios, obreros, trabajadores y algunos académicos. De los más diversos medios sociales, unos en paro, otros con trabajos precarios y muchos sin acceso a una vivienda digna o expulsados de sus casas por los bancos e hipotecas con cláusulas leoninas que les habían camuflado.
Pero todos movidos por la pasión por la justicia social, por la libertad ciudadana, por los derechos fundamentales garantizados en la Constitución, y por un Estado de Bienestar Social que, por primera vez en la historia, habíamos conseguido. Veíamos amenazados sus cuatro pilares: educación universal obligatoria y gratuita; seguridad social para todos los ciudadanos; derecho a unas pensiones dignas para jubilados y personas mayores. La Aplicación de Ley de Dependencia a las personas discapacitadas, que en muchas Comunidades autónomas se habían negado a poner en práctica.
Cinco millones de personas están desempleadas, familias enteras no perciben salario alguno; se cedió a las inicuas presiones del Fondo Monetario Internacional, del Banco Mundial y del Central de la Unión Europea; un gobierno socialista se arrugó antes las exigencias de recortes salariales, congelación de pensiones, supresión del impuesto de transmisiones, fraude fiscal, sociedades financieras de inadmisibles privilegios fiscales, burbuja inmobiliaria que no pagaron sus responsables. Cajas de Ahorro, Bancos e Instituciones financieras han sido “rescatadas” por el Estado con el dinero de todos los ciudadanos; extravagantes misiones militares en otros países y en otros mares con desorbitados gastos…
Todo esto colmó de indignación a los ciudadanos más afectados y reaccionamos poniéndonos en marcha para reclamar los derechos fundamentales y el respeto a la dignidad ultrajada. Una reacción general, no antisistema, sino contra esta forma de sistema político envilecido por la corrupción, la descalificación y el escándalo entre los políticos, incapaces de aportar propuestas alternativas viables. Y por un desencanto general que nos ha llevado a una reacción firme, organizada y pacífica que se extiende por todos los medios a otras ciudades, estamentos, españoles en el extranjero y personas afectadas por este estado de cosas que amenaza con llevarnos al caos.
Admiramos la primavera árabe, aunque las circunstancias sociopolíticas y económicas no son las mismas. Es un viento de libertad y de justicia social que recorre un mundo interrelacionado.
No queríamos el trato padecido por Grecia, Irlanda, Portugal y que amenaza a otros miembros de la Unión Europea. Admiramos el talante y la decisión de los islandeses.
Resonaba en nuestras almas el derecho a la resistencia ante el tirano. Aunque este no llevase coronas ni mitras ni atributos feudales. Sabemos quienes son los tiranos de nuestros días, por difuminados que sean sus contornos y por la suplantación de las ciudadanías por organismos de presión, lobbies sin alma y por la obscenidad e impudicia de sus representantes.
Cuando un pueblo padece la opresión de los poderes de los “mercados”, tiene derecho a alzarse contra el tirano. Este derecho se convierte en deber cuando padecen los más débiles, los ancianos, los niños, la juventud, las familias en sus variadas manifestaciones y no se respetan las libertades de conciencia, de reunión, de expresión y de elección.
La historia demuestra que la fuerza puede llegar a ser justa cuando es necesaria. La manifestación pacífica no puede comprender la colaboración, ni siquiera pasiva, con el opresor. Hay momentos en la historia en los que no alzarse contra el opresor nos convierte en sus cómplices.
Para no padecer la vergüenza de que nuestros nietos nos pregunten cómo, habiendo podido tanto, nos atrevimos a tan poco.
El movimiento del 15-M se extiende sin cesar. Aquellas decenas de miles hoy se cuentan por centenares de miles y la participación a través de las redes por millones de personas que ya nunca podrán alegar que no sabían lo que está sucediendo.
Respetamos el Estado de Derecho, las leyes establecidas, las consultas electorales. No hemos permitido ser manipulados por ningún partido o facción política, ideología o fanatismo. Respetamos a las Juntas Electorales, pero les recordamos que estas movilizaciones nada tienen que ver con unas elecciones municipales ni con el ejercicio del derecho al voto, al que animamos con nuestra conciencia ciudadana.
Pero nuestro vuelo es más profundo, más amplio y de envergadura inmensa.
Pobreza y conflictos
Por Ana Muñoz Álvarez
Más de 1.500 millones de personas en el mundo viven en países afectados por algún tipo de violencia, según el último informe Conflicto, seguridad y desarrollo, realizado por el Banco Mundial. Un niño que nace en un país en conflicto tiene, además, el doble de probabilidades de vivir en pobreza. Así queda clara la relación conflicto-pobreza. Pero, ¿qué es antes, el huevo o la gallina?
En la última década, se han producido 39 estallidos violentos en todo el mundo y el 90% tuvieron lugar en países donde en los últimos años se habían producido guerras civiles o conflictos armados. Y la mayoría de esos conflictos se dieron en países empobrecidos e hicieron que la situación de la población civil fuese aún más vulnerable. De hecho, el Banco Mundial denuncia que, en los países donde hay violencia, no se ha conseguido ni uno solo de los Objetivos de Desarrollo del Milenio.
Las guerras y la violencia son costosas para los países en los que se producen, no sólo por la compra de armamento y el gasto en seguridad. También, y más importante, es costoso en vidas y en el desarrollo humano de la población. Porque todo lo que se gasta en armas o en la lucha contra la violencia, deja de utilizarse para fines como la educación o la sanidad. Por ejemplo, en la lucha contra la piratería marítima que se da en el Cuerno de África, el mundo se gasta más de 2.000 millones de dólares al año en rescates, seguridad en los barcos, operaciones militares. Pero también los países fronterizos sufren esos costos. Los países cercanos a un país en guerra pierden casi un 1% del PIB. Y las consecuencias de un estallido de violencia son mundiales. Sólo un mes después de los levantamientos en Libia, el precio del petróleo se incrementó en más del 15%.
Las consecuencias y el impacto de las guerras, los conflictos y cualquier tipo de violencia están claras, y son devastadoras para la población, para el país y para sus vecinos. Pero, ¿y sus causas? En su informe, el Banco Mundial resalta que una de los “alicientes” de la violencia son los abusos y la violación de los derechos humanos. Así, un gobierno que tortura, asesina, encarcela o hace desaparecer a personas tiene un 43% más de riesgo de guerra civil.
Países donde el Estado de Derecho es insatisfactorio y donde la corrupción no tiene control están expuestos a un 40% más de riesgo de guerra civil o algún tipo de conflicto violento.
El desempleo, la falta de esperanza en el futuro, las desigualdades internas, la injusticia… son factores que aumentan el riesgo de un estallido violento y causas por las que los ciudadanos pueden levantarse y sumarse a movimientos rebeldes. De este modo, se explican las revueltas y conflictos que estamos viviendo en el Norte de África. Jóvenes formados, sin empleo, sin futuro, que ven que sus gobernantes son corruptos, que la justicia sólo funciona con dinero... Familias que no tienen qué comer cuando los dirigentes derrochan el dinero público.
Y Occidente ha de tomar buena nota de ello y tomar medidas para que la ciudadanía recupere la confianza, porque se están dando todos los pasos para que en unos años, cinco, diez, se den conflictos sociales internos más o menos violentos.
La crisis económica global y las soluciones que los dirigentes de todo el mundo están dando a la crisis (socializar las pérdidas) están siendo caldo de cultivo para la desconfianza y la desesperanza de los ciudadanos.
Invertir en prevención, reorientar la asistencia hacia el fomento de la confianza, la seguridad ciudadana, la justicia y el empleo, la reforma de los procedimientos internacionales para que las respuestas sean más rápidas, el diálogo internacional y la renovación de los esfuerzos en cooperación entre países, son algunas recetas para romper este círculo vicioso.
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En un mundo desigual
Por Herminio Otero
“Todos iguales y todos diferentes” y “Una sola raza: la raza humana” son eslóganes en los que se ha concretado el sueño de un mundo sin desigualdades. Pero la realidad es que el 40% de la humanidad vive con menos de 2 dólares al día, mientras que una vaca europea recibe una subvención diaria de 5 dólares.
Desde hace años, los indicadores del Índice de Desarrollo Humano (IDH) del Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo miden el grado de pobreza de los países en sus diversas facetas: falta de educación, problemas de salud, desigualdades económicas, partiendo de que “la verdadera riqueza de una nación está en su gente”, según se decía ya en el Informe sobre Desarrollo Humano de 1990. El Informe de 2010 señala que, en las dos últimas décadas, el desarrollo humano ha avanzado considerablemente en muchos aspectos. Los avances se observan no solo en salud, educación e ingresos, sino también en la capacidad de la gente para elegir a sus líderes, influir en las decisiones públicas y compartir conocimientos.
Sin embargo estos años han sido también testigos del aumento de la desigualdad, tanto entre países como en el interior de ellos, y se ha comprobado que los actuales modelos de producción y consumo no son sostenibles en el tiempo. En algunas regiones, como el sur de África y los países que formaban la ex Unión Soviética, ha habido períodos de retroceso, especialmente en salud.
Las nuevas vulnerabilidades requieren llevar a cabo políticas públicas innovadoras para luchar contra esos riesgos y desigualdades. Por eso el informe de 2010 incorporó tres nuevos indicadores del Índice de Desarrollo Humano: el Índice de Desarrollo Humano ajustado por la Desigualdad, el Índice de Desigualdad de Género y el Índice de Pobreza Multidimensional. Estos tres nuevos medidores ponen de manifiesto que la desigualdad y la pobreza ocupan un lugar central en la perspectiva de desarrollo humano.
Según los datos del último informe anual (2010), Noruega ocupa el primer lugar entre los países del mundo en el nivel de Índice de Desarrollo Humano, seguido de Australia y Nueva Zelanda. Las últimas posiciones (de las 169 en total) están ocupadas por países africanos (Níger, República Democrática del Congo y Zimbabwe). España ocupa el lugar 20, y Chile y Argentina se mantienen como los países latinoamericanos con el Índice de Desarrollo Humano más alto (están en los lugares 45 y 46). Les siguen Uruguay, que está en el 52, Panamá en el 54, México en el 56, Costa Rica en el 62, Perú en el 63, Brasil en el 73, Venezuela en el 75, Ecuador en el 77 y Colombia en el 79, todos, eso sí, ubicados en la franja considerada de desarrollo humano alto. Pero el Informe señala que, pese a que ha habido avances en algunos países, la región sigue siendo la más desigual del mundo: de los 15 países más desiguales del mundo, 12 están en América Latina.
Todo somos iguales, pero en nuestro mundo, como se ve, convive la pobreza con la abundancia de una forma escandalosa. En los países ricos, solo uno de cada 100 niños muere antes de cumplir cinco años. En los países más pobres, una quinta parte de los niños no llega a los cinco años. Asimismo, en los países ricos solo el 5% de todos los niños menores de cinco años sufre de malnutrición; en las naciones pobres, la cifra es diez veces mayor: sufre malnutrición más de la mitad de los niños.
Un grupo de científicos británicos y estadounidenses de las universidades de Sheffield y de Michigan, capitaneados por Mark Newman y Danny Dorling, ha aprovechado la fuerza que tienen los mapas como imágenes conocidas y referentes para hacer visibles las desigualdades sociales que viven las personas en nuestro planeta. De modo que esas diferencias abismales, reflejadas en datos y números, se hagan visibles en la realidad y sea más fácil tomar conciencia de ellas.
Que sirvan al menos para crear una mayor conciencia y fomentar el desarrollo humano sostenible; porque “un mundo desigual tiene más posibilidades de ser un mundo enfermo”.
Niños de la guerra
Columna de Sara Cañizal Sardón
Han cambiado sus muñecos por un kalashnikov y se han convertido en los “soldaditos de plomo” con los que otros “juegan” a la guerra. Son los niños soldado, una más de las caras oscuras de la guerra y una de las peores vergüenzas de la comunidad internacional. Más de 300.000 menores participan en conflictos armados en 86 países, repartidos por los cinco continentes, según Amnistía Internacional.
Organizaciones no gubernamentales como Entreculturas, Save de Children, Servicio Jesuita a Refugiados, Fundación el Compromiso o Amnistía Internacional, exigen a los Estados que ratifiquen el Protocolo Facultativo de la Convención de los Derechos del Niño. De este modo se unen a la campaña de Naciones Unidas Nadie menor de 18 años, que exige un compromiso firme de los países para que ninguna persona menor de 18 años pueda ser reclutada en las Fuerzas Armadas o grupos armados no gubernamentales. Un total de 134 países lo han ratificado, pero 24 no lo han firmado y 35 no lo aceptan.
Miles de menores han sido desmilitarizados en Afganistán, Burundi o Costa de Marfil gracias a programas de reinserción y desmovilización, pero otros conflictos han estallado o se han intensificado y dado origen a nuevos reclutamientos para grupos gubernamentales o insurgentes. Irak, Chad, Somalia o Sudán son sólo algunos lugares en los que se captan niños para fines bélicos.
Los menores son carne de cañón. Da igual si son reclutados por la fuerza o de forma voluntaria. Una vez preparados para la guerra, no temen a nada. No protestan, son piezas reemplazables con facilidad y fanáticos cuando se sienten integrados en el grupo. Pronto se convierten en chicos para todo: acarrean el agua, llevan mensajes o espían al bando contrario. También son los “héroes” accidentales de misiones suicidas. Sin ser conscientes de que peligra su vida, buscan minas antipersona, se convierten en señuelos, colocan explosivos y, si se precisa, disparan sus pistolas y armas automáticas.
“Te dan un arma y te obligan a matar a tu mejor amigo. Lo hacen para ver si pueden confiar en ti. Si no lo matas, le ordenan a él que te mate a ti. Tuve que hacerlo porque, de lo contrario, me habrían matado a mí”, cuenta un adolescente de 17 años que, con sólo 7, se unió a un grupo paramilitar colombiano.
Aparte de las secuelas físicas que acarrea la participación en conflictos, los menores sufren graves consecuencias a nivel emocional. Unos son víctimas de abusos sexuales, otros son testigos mudos de asesinato y violaciones. Muchos participan en matanzas y la mayor parte padece importantes trastornos psicológicos.
La reinserción de estos niños no es fácil. Muchos han sido drogados para contrarrestar el terror y tienen miedo de no ser aceptados por su comunidad, que fue testigo de todas sus atrocidades. Dora Akol, directora de World Vision, organización dedicada a asistir psicológicamente a quienes fueron niños soldados, explica: “Algunos de ellos ya no pueden controlar sus agresiones, incluso aunque ellos mismos sufran con aquello en lo que se han convertido. E incluso cuando las familias de estos niños desean volver a acogerlos, conviven con ellos con miedo”.
El drama de los niños soldados no es exclusivo de los países empobrecidos. Amnistía Internacional denuncia que, aunque en Europa y Estados Unidos los menores no participen en las guerras, se les adiestra en campos de reclutamiento para menores de edad. Reino Unido permite que adolescentes se unan de modo voluntario a sus fuerzas armadas a los 16 años y que entren en combate a los 17. En Estados Unidos, se reclutan niños menores de 18 años en las escuelas. Aunque su formación dista de la que se imparte en los países empobrecidos, la finalidad es la misma: prepararlos para matar.
El reclutamiento de menores es un crimen de guerra y va contra la declaración de los Derechos del Niño. En cualquier situación, los menores deben ser los primeros que reciban protección y socorro, y debe apartárseles de toda forma de crueldad y explotación. Un mundo que envía a sus niños a la guerra se condena a su propia destrucción.
Una estupidez suicida
Columna de Xavier Caño Tamayo
Lo ocurrido en la central japonesa demuestra que la energía nuclear siempre es una imprevisible bomba de relojería. Japón, país con elevado nivel de seguridad y tecnológico, no es Ucrania ni Fukushima, Chernobil, pero ha ocurrido un grave accidente nuclear. Philip Grassman recuerda que “quien se apoya en la energía atómica ha de aceptar esos riesgos. Tan improbables como se quiera, pero nunca se pueden excluir. Hace 25 años un accidente nuclear en Chernobil afectó a cientos de miles de personas. Hoy el mundo se enfrenta a una situación similar, aunque la magnitud no sería comparable, porque el reactor de Fukushima está en una región mucho más poblada que la de Chernobil”. Sería mucho peor.
¿Occidente aprendió algo de Chernobil? Ahí está Europa apostando por la energía nuclear, prorrogando la actividad de viejas centrales nucleares. En Alemania, la presión ciudadana tras el accidente de Japón ha forzado a la canciller Merkel a ordenar desconectar los reactores más antiguos y paralizar la prórroga de vida nuclear decidida. Pero en España, el gobierno no se apea de prorrogar la vida de viejas centrales nucleares y Francia, con decenas de reactores nucleares, quiere construir más.
¿Alguien puede garantizar que, con 437 reactores nucleares operativos en el mundo, no habrá nunca ningún accidente nuclear más? Y un accidente nuclear nunca es para echarlo a broma. Sin hablar de los residuos nucleares milenarios y de que, tal como asegura John Rowe, ejecutivo de Exelon, el mayor operador nuclear de Estados Unidos, “construir nuevos reactores ya no es rentable”.
En cuanto al petróleo como fuente de energía, los acontecimientos de África del Norte, guerra de Libia incluida, apuntan, como asegura Michael T. Klare, que “está claro lo que sucederá. No hay ninguna otra región capaz de sustituir a Oriente Medio como principal exportador de petróleo. La economía del petróleo se contraerá y con ella la economía mundial. El reciente aumento del precio del petróleo sólo es un leve temblor que anuncia el terremoto petrolero que vendrá. El petróleo no desaparecerá, pero en próximas décadas no alcanzará volúmenes necesarios para satisfacer la demanda prevista y, más pronto que tarde, la escasez pasará a ser la característica dominante”.
¿Alguien recuerda las consecuencias de la crisis del petróleo de 1973? Inflación, inestabilidad económica, recesión... Pues fue de chiste comparado con lo que puede ocurrir si no se toman medidas. Lo que se avecina es menos petróleo disponible y más caro, más las consecuencias del accidente nuclear de Japón, medioambientales, de salud y, por supuesto, económicas.
Hay que hacer cambios que eviten o frenen lo que se nos viene encima. Es urgente. Ahora, como propone Stéphane Hessel, es buen momento para cuestionar un modelo energético y un modo de hacer que convierten la vida de la gente común en misión imposible. Y destruyen el planeta, aunque lentamente. Necesitamos energía, sí, pero no derrocharla como hacemos y menos aún una energía de fuentes contaminantes y devastadoras. Es buen momento para empezar a cambiar fuentes de energía, hábitos y conductas que nos llevan al desastre económico y ecológico.
Hacer frente a la crisis energética que viene se suma a luchar contra la crisis múltiple existente. Con un cambio no sólo de hábitos y prácticas sino de orden de valores. Recuperar la ética colectiva y solidaria. Y apostar por la rebelión civil pacífica. Nosotros, la ciudadanía, los dueños del poder político y la soberanía.
Como recuerda Hessel, “la primera década del siglo XXI ha sido un período de retroceso” de los muchos avances políticos y sociales logrados desde finales de la II Guerra Mundial. Pero también “nos encontramos en un umbral entre los horrores de esa primera década y las posibilidades de las siguientes”. Esa posibilidad de recuperar el terreno perdido depende de nosotros, ciudadanos y ciudadanas.
El poder de las redes
Por David García Martín
Los mass media ya no tienen el monopolio de la comunicación. Cientos de miles de personas están en contacto a diario e intercambian pareceres e información sin importar las distancias, las franjas horarias, la religión o el color de la piel. Las nuevas tecnologías y las redes sociales han abierto una brecha de libertad sin marcha atrás.
Las revoluciones que se están dando en el mundo árabe serían inviables si la sociedad civil no contara y supiera usar las herramientas tecnológicas que tienen a su alcance. Hace apenas unos años esto era impensable, y si no imposible, sí muy difícil. Pero el poder de convocatoria, la rapidez y eficacia con la que estas redes se extienden por la sociedad, están movilizando a más personas de las que nadie hubiera imaginado. Es un boca a boca con posibilidades infinitos. Es el boca a oreja del siglo XXI.
En el mundo la información está cada vez más sesgada. Obedece a intereses empresariales y políticos, muchas veces alejados del interés general. Pero el buen uso que los ciudadanos están dando a las nuevas tecnologías está contrarrestando ese déficit democrático y social.
Los usuarios son los nudos que sostienen la red. Nadie es más que otro. No hay uno superior o mejor. No hay una jerarquía, sino una tensión entre nudos que hace que la red se sostenga y la información fluya entre los usuarios en todas las direcciones. El nudo es a la vez centro y periferia, principio y final.
Las grandes corporaciones, con los gobiernos como aval, vendieron la globalización como el “no va más”: la libre circulación de capitales y mercancías, pero no de personas, cada vez es más difícil entrar en Estados Unidos o conseguir un permiso de trabajo en la Unión Europea. Los sistemas estatales modernos se urdieron para que los gobiernos mantuviesen la estabilidad y el control sobre la sociedad, pero, a pesar de ello, los ciudadanos encontraron fórmulas para denunciar abusos y potenciar su participación ciudadana.
Hoy, con Internet hay muchas más posibilidades. La amplificación de ideas y su intercambio es mucho más fluido y se está viendo cómo las sociedades son capaces de cambiar sus realidades si usan de forma adecuada la información y las tecnologías. Nunca antes la sociedad civil tuvo tantas posibilidades de alzar la voz y de comunicarse entre sí.
Tuenti, Facebook, Twitter han venido para quedarse y para cambiar la sociedad. La punta de lanza fue en Moldavia, lo que se conoce como la revolución twitter. En abril de 2009 un grupo de jóvenes descontentos con las elecciones generales convocaron una manifestación en señal de desacuerdo con los resultados, en pocas horas se vieron envueltos en una protesta de más de 20.000 personas. Algo similar ocurrió con la marea verde iraní, donde las redes sociales y la telefonía móvil jugaron un papel fundamental. En la mayoría de los casos estas manifestaciones cogieron por sorpresa a sus gobernantes.
“Facebook es imposible de reprimir por impredecible, ya que aprovecha cualquier organización previa, por difusa que sea, para convertirse en movilizador”, afirma Avishai Margalit, filósofo israelí y miembro del Instituto de Estudios Avanzados de Princeton, en referencia a la revolución contra el gobierno egipcio de Mubarak.
China es otra de las grandes murallas donde las nuevas tecnologías también han abierto una brecha. El gobierno trabaja duro por mantener el hermetismo y el control. Aún así, en el 20 aniversario de la matanza de Tianamenn las imágenes de los estudiantes asesinados se pasearon por la red. Cuba es otro ejemplo. Cada es más difícil mantener el muro de contención.
Es cierto que Internet y sus redes sociales no solucionan la crisis, ni el cambio climático, ni los gobiernos corruptos, y puede convertirse en un arma de doble filo. Pero también que está abriendo una gran cantidad de posibilidades de actuación a la sociedad civil, está dando voz a aquellos que no la tenían y, sobre todo, está dando esperanza.
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Una respuesta global y radical contra el narcotráfico
Por Xavier Caño Tamayo
Maniatadas, torturadas, quemadas, tiroteadas, degolladas... Éste agosto, los narcotraficantes asesinaron docenas de personas en México. En Ciudad Juárez, ocho asesinatos. En Sinaloa, cinco; en Jalisco, tres más; otros dos, en Durango; otro más, en Nayarit; uno, en Nuevo León; ocho, en Cancún... Antonio Leal, alcalde de Hidalgo, asesinado a tiros desde un coche; también murió tiroteado Rodolfo Torre, candidato a gobernador de Tamaulipas; Cesáreo Rocha, ex alcalde de Hidalgo, fue asesinado; y también Edelmiro Cavazos, alcalde de Santiago; unos pistoleros arrojaron granadas en Reynosa; explotaron dos coches-bomba en Ciudad Victoria; los soldados encontraron una fosa con 72 cuerpos de inmigrantes asesinados...
Desde que el presidente Calderón enviara al ejército contra los narcotraficantes hace tres años, han muerto más de 28.000 personas en México; trece mil, en los últimos nueve meses. Y un incremento tremendo de la corrupción. Por ejemplo, las autoridades se han visto obligadas a expulsar un 10% de efectivos de la Policía Federal por corruptos, cómplices del narcotráfico. El narcotráfico ha contaminado espacios del poder estatal. Escenario del feroz conflicto que enfrenta al Estado con los cárteles y a éstos entre sí, México no es el único país sacudido por las drogas y la cruzada en su contra.
Ya en 1933, el Senado de los Estados Unidos denunció en el preámbulo de la derogación de la Ley Seca (que prohibía el alcohol) que nunca una norma de un estado democrático había causado tanto daño; y documentaba que no había reducido un gramo el consumo de alcohol, había contribuido a corromper la política municipal y las organizaciones de delincuentes se habían hecho más fuertes.
La cruzada contra las drogas no sirve para nada, salvo producir terribles efectos secundarios muy indeseables. Pero los mandatarios persisten, aunque esté históricamente demostrado que esas cruzadas son inútiles.
Fernando Cardoso, ex presidente de Brasil, reclama despenalizar el consumo de drogas en América Latina, como ya hicieron los ex presidentes de México, Zedillo, y Colombia, Gaviria. Pero despenalizar el consumo (como en Europa y EEUU) no resuelve el problema. Un número creciente de líderes sociales y culturales, policías, juristas, catedráticos, jueces, médicos... reivindican despenalizar totalmente las drogas. Que el Estado eduque e informe exhaustivamente sobre drogas a la ciudadanía, y atienda y rehabilite a los adictos. Pero basta de prohibición y cruzada.
Hace unos meses, Vargas Llosa hacía esa petición, tras reflexionar sobre la terrible situación de México. Concluía Vargas Llosa que la actual cruzada represiva contra las drogas no podía vencer. Para ganar, sólo cabe eliminar el beneficio de las drogas. Pero ese beneficio se eliminará si las drogas son legales y el Estado interviene. ¿Habrá entonces una epidemia de drogadictos? Experiencias de despenalización de drogas (Holanda y Suiza) no han significado un aumento relevante de consumidores y han disminuido las muertes por sobredosis.
Si tantas personas fiables ven claro el camino (que no significa sea fácil), ¿por qué no empezar ya? Según Vargas Llosa, “el mayor obstáculo son los organismos y personas que viven de la represión de las drogas, que, como es natural, defienden con uñas y dientes su fuente de trabajo. No son razones éticas, religiosas o políticas, sino el crudo interés el mayor obstáculo para acabar con la arrolladora criminalidad asociada al narcotráfico”
Antonio Escohotado, buen conocedor de la historia de las drogas, recuerda que la prohibición hace atractiva la droga y causa algunas de sus nefastas consecuencias: “El opio -y derivados- fue usado como bendición de Dios por los médicos desde 4.000 años atrás hasta hace casi ochenta. Sus derivados son, desde luego, drogas de delicado manejo. Pero mientras fueron legales no produjeron un sólo caso de sobredosis accidental, mientras ahora matan involuntariamente a muchos jóvenes cada año. Mientras esas drogas fueron cosas decentes, sus consumidores eran gente mayor. Lanzada por la farmacéutica Bayer, la heroína se recomendaba incluso para calmar los nervios y tos de los niños pequeños. Si esa sustancia resulta hoy diabólica es porque algunos por lucro venden infiernos a los demás, pero también porque en alguna medida nosotros mismos la declaramos diabólica”.
La lucha contra el crimen asociado al narcotráfico exige ésa respuesta radical y global.
Éxodo a ninguna parte
Por David Rodríguez Seoane
La ONU calcula que en 2010 se alcanzarán los 50 millones de desplazados por los “caprichos de la naturaleza”. Un éxodo sin “tierra prometida” y sin ningún destino que otear en el horizonte ya que ningún país concede el estatuto de refugiado ambiental.
Los casos recientes de los devastadores terremotos de Haití y Chile dan buena cuenta de una realidad que no afecta por igual a todos los países. Si bien es cierto que la madre naturaleza no hace distingos entre sus hijos, ya sean ricos o pobres, también lo es que, muchas veces, detrás de las catástrofes naturales se esconden la mano del hombre y su inconsciencia. Las construcciones con materiales de dudosa calidad y, en espacios no urbanizables, son uno de los efectos contraproducentes más habituales que se derivan de la intervención humana en las zonas más propensas al impacto desbocado del medioambiente. Quizás sea ésta la razón que hace que la naturaleza reparta su ira con medidas desiguales. Basta con mencionar Japón.
Las causas ambientales que pueden llevar a millones de personas a emprender una nueva vida lejos de la suya son múltiples. El cambio climático sólo es la última en unirse a la lista. Desastres naturales como los del huracán Katrina o el tsunami que asoló el sureste asiático en 2004, la desertificación o desgraciados accidentes industriales como el de Chernobyl suponen el punto de partida de un viaje de ida a ninguna parte y para el que parece no haber retorno.
Tanto es así que el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) afirma que hoy la degradación ambiental desplaza a más personas que el cómputo global de las guerras que permanecen candentes en el mundo. En suma, este organismo calcula que son 211 millones las personas que han tenido que migrar por razones relacionadas de manera directa o indirecta con el deterioro de su entorno natural.
El futuro tampoco parece halagüeño. Las estimaciones para 2050 se confunden en un auténtico remolino de cifras inexactas que debilita la voluntad de los estados y de los organismos internacionales de afrontar el problema. Los 200 millones de refugiados que vaticinan los estudios de la Universidad de Oxford se multiplican por cinco, según las apreciaciones de Christian Aid. Ante esta grave indeterminación, muchos expertos han propuesto la elaboración de una convención especial que proteja a los desplazados ambientales.
Nueva Zelanda ya ha dado el primer paso hacia la consecución de este objetivo al acoger a los ciudadanos de las islas Tuvula y Fiji, en peligro de desaparición debido a las constantes subidas del mar. El caso neozelandés supone un avance importante pero hasta el momento es único y aislado. En la pasada cumbre de Copenhague sobre el cambio climático los refugiados ambientales no fueron ni tan siquiera mencionados.
Aún así y pese a que se trata de una situación compleja en la que confluyen demasiados intereses políticos, sociales y económicos por parte de los países implicados, la traba principal para encontrar una solución aceptable se reduce a una única cuestión: identificar quién ha motivado el desplazamiento. Éste es quizás el requisito fundamental que el derecho internacional considera ineludible para que un refugiado pueda solicitar asilo. Por eso, lograr que se reconozca al hombre como causante y por tanto culpable de las consecuencias del cambio climático puede significar la gran esperanza de millones de personas obligadas a ser nómadas.
Dadas las circunstancias, la responsabilidad de cuidar el planeta parece más obvia que nunca. Por supuesto, los envistes de la naturaleza no pueden ser controlados por el hombre pero sí los suyos propios. Una mayor prevención, en la medida de lo posible, reduciría las pérdidas y evitaría tanto dolor innecesario. Hoy el problema “sólo” es conseguir que la comunidad internacional reconozca los derechos del refugiado ambiental. ¿Qué pasará cuando no quedé un solo lugar en la Tierra al que podamos huir en busca de refugio? Todavía estamos a tiempo de construir un buen presente que augure un mejor futuro.
Nota: La opinión de los columnistas no necesariamente es la opinión de éste medio de comunicación. Las opiniones son de pura y exclusiva responsabilidad del columnista.
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