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En la Boca del Lobo

Por Javier Sierra

¿Se sabe la parábola del lobo y el pastor travieso? Se la pasaba el pastor alertando a la comunidad de que venía el lobo, pero el lobo, entre las risotadas del pastor, nunca aparecía. Hasta que finalmente, el lobo sí vino, y nadie ayudó al pastor a proteger su rebaño. Bueno, pues imagínese a otro pastor que, ronco de tanto gritar, sabe que el lobo está entre nosotros y que el rebaño corre gran peligro.

Este es el caso de la comunidad latina de Estados Unidos que durante décadas ha tenido al lobo entre sus filas, un lobo llamado degradación medioambiental, que está diezmando la salud y el futuro de millones de sus miembros. Y pese a las advertencias de organizaciones como el Sierra Club y otros grupos cívicos, el gobierno federal, excepto en honrosas excepciones, ha desoído estas advertencias.

Hoy le traigo el grito más claro de que esta realidad no podemos ignorarla más. Se trata de la primera encuesta nacional sobre los latinos y el medio ambiente realizada en Estados Unidos, la cual fue patrocinada por el Sierra Club y realizada por Bendixen & Associates entre 1000 votantes hispanos inscritos.

El sondeo confirmó nuestros temores de que la comunidad latina sufre desproporcionadamente las consecuencias de la degradación medioambiental. El 66% de los encuestados respondió que vive o trabaja cerca de un lugar tóxico, ya sea “una refinería, una planta química, un incinerador, un campo agrícola, una carretera principal o una fábrica”.

A principios de los años 80, según la Agencia de Protección Medioambiental, los latinos afectados por los venenos medioambientales eran tres de cada cinco. Hoy, es dos de cada tres.

No es de extrañar, por tanto, que, según los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades (CDC), los niños hispanos presenten mayor incidencia de cánceres como leucemia, osteosarcoma y tumores de células germinales que los blancos no hispanos. O que en la mayoría de las comunidades hispanas, sobre todo las de origen mexicano o puertorriqueño, el asma se considere una epidemia.

¿Saben los hispanos que son víctimas de esta injusticia medioambiental? Eso parece indicarnos el sondeo. A la pregunta de “cuánto impacto diría usted que tienen los temas energéticos y medioambientales en la calidad de vida de su familia”, nada menos que el 83% de los encuestados respondió que “mucho” o “algo”.

Tanto, que más del 90% de los participantes dijo sentir “una responsabilidad moral de cuidar de las creaciones de Dios en la Tierra”. Esto incluye los bosques, los océanos, los lagos y los ríos. Esta conexión espiritual con la naturaleza es un reflejo de una característica singular de nuestra comunidad, su devoción por las reuniones familiares y de amigos en los parques y playas del país.

El sondeo también derrumbó la extendida suposición de que los latinos viven al margen de los temas medioambientales, como el calentamiento global. El 77% de los encuestados dijo que el cambio climático hará que se derritan las capas polares y que las consiguientes inundaciones de zonas costeras serán catastróficas.

Durante la presentación del estudio, su autor, Sergio Bendixen, señaló que la razón de esta abrumadora creencia es el fundado temor que tienen los latinos de que ellos serán una de las comunidades más castigadas por el calentamiento global. Recordemos que en su más reciente y más grave advertencia, el Panel Intergubernamental de Cambio Climático de la ONU nos dijo que las comunidades que correrán más peligro serán las menos privilegiadas, como los hispanos en Estados Unidos, y los países en desarrollo, como en América Latina.

Los temas energéticos, como el costo de la gasolina y otros combustibles, también tienen un notable impacto en nuestra comunidad. Así lo cree el 80% de los encuestados. Un porcentaje similar piensa que cambiar hacia una economía de energía limpia podría crear millones de empleos, mejoraría el medio ambiente y protegería a sus hijos.

Pero los hispanos no se van a quedar de brazos cruzados frente a estos retos. Según la encuesta, el 73% está dispuesto a tomar medidas para ayudar a mejorar el medio ambiente. Estas incluyen apoyar a líderes que les protejan contra los contaminadores, influenciar a su congresista, asistir a concentraciones o unirse a una organización medioambiental.

Este año, los que ignoren los gritos de la comunidad latina -una comunidad asediada por las injusticias medioambientales- se arriesgan a meterse en la boca del lobo.

 

Juventud, Divino Tesoro

La sabiduría popular nos dice que la juventud es un divino tesoro, y lo que nos está enseñando este año electoral es que decenas de miles de jóvenes votantes están invirtiendo ese tesoro en un futuro prometedor.

Por Javier Sierra

Se están involucrando porque lo que hay en juego en las elecciones de noviembre no es sólo su futuro sino el futuro del planeta. En las manos del próximo presidente de Estados Unidos —el país que más contamina el mundo— recaerá la responsabilidad de finalmente tomar medidas eficaces para confrontar el mayor reto de la historia moderna: el calentamiento global.

“El calentamiento global es una peste que creará un medio ambiente inseguro para futuras generaciones”, dice Daniela Valdés, una estudiante de secundaria en Pittsburgh, PA. “Pero es también una oportunidad para que la humanidad y la naturaleza se unan”.

Esta unión la hemos visto en las elecciones primarias en Iowa, New Hampshire, Nevada y Carolina del Sur. En esas votaciones el incremento de votantes jóvenes —entre 18 y 29 años de edad— ha superado todas las expectativas. En Iowa, por ejemplo, el número de votantes jóvenes que participaron en la primaria del Partido Demócrata triplicó el de los comicios de 2004. De hecho, el gran triunfador de esa contienda, el Sen. Barack Obama, lo hizo en gran parte debido a que obtuvo el 57% de los votos de este segmento de la población demócrata.

Y para estos votantes, la prioridad no es sólo la guerra en Irak o el deterioro de la economía, sino también el medio ambiente.

“Me gustaría que el nuevo presidente aceptara el calentamiento global como su prioridad número uno”, dice Carlos Rymer, un estudiante dominicano especializado en desarrollo sostenible en la Universidad de Cornell, Nueva York. “Atacando este problema también se atacaría los de la economía, el cuidado de la salud y la guerra”.

Pero existe otra guerra, una mucho más sutil, declarada contra la aceptación del consenso científico mundial de que la actividad humana es la responsable del calentamiento global. Y su combatiente más audaz es la administración Bush.

Según un estudio de las universidades de Yale y Columbia sobre el cuidado del medio ambiente por parte de 149 países, Estados Unidos ocupa el lugar 39, y concretamente en lo que se refiere a niveles de smog (niebla tóxica), nuestro país ocupa los últimos lugares de la tabla.

Por ésta y muchas otras razones se nos antoja triste, y hasta patético, que George W. Bush, el presidente de la nación más rica y poderosa de la tierra, viajara al Medio Oriente, sombrero en mano, a rogar que los países productores redujeran los precios del petróleo. Este es el mismo presidente que en 2001 eliminó un acuerdo firmado entre la administración Clinton y la industria automotriz de Detroit en 1998 para que todos los carros y camionetas del país rindieran 80 millas por galón. Si el acuerdo se hubiera cumplido, en un par de años Estados Unidos no necesitaría importar ni una sola gota de crudo de esa explosiva región.

Los periodistas televisivos más influyentes del país contribuyen a este comportamiento alevoso. La Liga de Votantes Pro-Conservación condujo un estudio de los cinco programas de debate político más vistos del país, los de las cadenas ABC, CBS, CNN, Fox News y NBC. En 2007, los moderadores de estos programas hicieron 2,679 preguntas a los candidatos presidenciales. ¿Y cuántas fueron sobre el calentamiento global? Tres (3).

“La palabra que me viene a la mente es apocalíptico”, dice Valdés, co-fundadora y co-presidenta de Students for a Greener Pittsburgh (Estudiantes para un Pittsburgh Más Verde) y dedicada a que los edificios de su ciudad sean más eficientes y contaminen menos. “Los líderes de nuestro país no escuchan la voz de la ciencia ni la del pueblo”.

“Si los medios prestaran tanta atención al calentamiento global como a la guerra en Irak, quizá la gente sabría más al respecto”, indica Rymer, un activista que el año entrante estudiará su maestría sobre ciencia y política medioambientales en la Universidad de Columbia. “Si los funcionarios públicos los mencionaran más, también atraerían más atención del público”.

Pero Rymer es optimista y cree que la opinión pública está cambiando. Los hechos le apoyan. En Carolina del Sur, donde recientemente se celebraron las primarias, el 81% de los votantes conservadores exige que el gobierno actúe para reducir las emisiones de calentamiento global.

“La Madre Naturaleza se está haciendo vieja”, advierte Valdés. “¿Y quién mejor que sus hijos para cuidar de ella”.

Juventud, divino tesoro.

 

El Peor Ciego Es el Que No Quiere Ver

Grover Norquist, el ideólogo más influyente del Partido Republicano, hace años proclamó que su meta final era reducir el gobierno federal “lo suficiente como para poder ahogarlo en una tina de baño”. Después de siete años de la administración Bush en el poder, nos hemos dado cuenta que sus inusitados niveles de incompetencia, nepotismo y corrupción no son elementos fortuitos. Son los síntomas inequívocos de una inquebrantable disciplina para cumplir con la profecía de Norquist.

Por Javier Sierra

Edición del 1o de septiembre. El gobierno es el problema, dicen, y la estrategia básica para solucionarlo ha sido asegurarse de que cada gallinero tuviera su zorro como guardián. Y el ejemplo más clamoroso, y también doloroso, de esta estrategia ha sido la respuesta federal al embate del Huracán Katrina, cuyo segundo aniversario se cumple estos días.

Todos recordamos las catastróficas consecuencias de la gestión federal antes y después de la tormenta, las colas interminables de refugiados esperando el autobús que nunca vino a salvarles, las decenas de miles de personas hacinadas en el Superdome, los cadáveres flotando en las áreas inundadas adonde nunca llegaron las cuadrillas de rescate.

Katrina, lamentablemente, resultó ser sólo la consecuencia lógica de la respuesta federal después de los ataques del 11 de septiembre de 2001 (o 9-11). Un informe secreto de la Agencia de Protección Medioambiental reveló el año pasado que la Casa Blanca y dicha agencia “conspiraron” para tranquilizar falsamente al público sobre la verdadera peligrosidad de los terribles venenos que cubrieron la zona. Seis años después de los ataques, la abrumadora mayoría de los trabajadores de limpieza —casi todos latinos— y de rescate que entraron en la Zona Cero están enfermos o discapacitados, y muchos de ellos han muerto debido a la exposición a sustancias como asbesto, benceno, dioxinas y cristal pulverizado. ¿Y cuál fue la respuesta de la administración Bush a la tormenta de críticas por su actuación? Convertirla en el estándar nacional para catástrofes de esta envergadura.

Pero las secuelas de Katrina siguen punzando nuestras conciencias. Para albergar a parte de los cientos de miles de refugiados, FEMA distribuyó casas-remolque, pero este supuesto remedio resultó ser ratoneras tóxicas impregnadas de un compuesto cancerígeno llamado formaldehído. Después de enterarse de alarmantes reportes de residentes que sufrían nausea y dolores de cabeza, el Sierra Club condujo varias pruebas que concluyeron que la causa de los síntomas era el formaldehído. Hizo falta una audiencia parlamentaria para obligar a FEMA a suspender la distribución de sus ratoneras tóxicas. Allí se develó que la agencia ignoró repetidamente las denuncias de los residentes, varios de los cuales han muerto debido a las inhalaciones tóxicas. ¿Y cuál fue la razón de esta cruel indiferencia? FEMA, a instancias de sus abogados, decidió que investigar las denuncias le hubiera obligado a actuar en consecuencia.

La lista de zorros es interminable. Hace unas semanas el catastrófico derrumbe del puente de la I-35W en Minneapolis, MN, dejó patente el lamentable estado de la infraestructura de Estados Unidos. Uno de cada tres puentes en el país necesita ser reparado. ¿Y a quién elige la Casa Blanca para supervisar la reconstrucción del puente de Minneapolis? A Richard Capka, quien en 2002 fue despedido entre la indignación popular tras su incompetente gestión de una abra pública en Boston.

O ¿qué funcionario público estaba encargado de supervisar el rescate de los mineros atrapados en Utah? Richard Stickler, quien, durante sus años de ejecutivo de la industria minera, antepuso las ganancias de su compañía a la seguridad de sus minas. Debido a su terrible historial, Stickler fue rechazado durante las audiencias de confirmación en el Senado como encargado de la seguridad de las minas del país. El Presidente Bush resolvió el problema de un plumazo confirmándolo durante un receso del Congreso.

Después de Katrina, 9-11, Irak y tantos otros ejemplos del cáncer que corroe el gobierno federal, a la administración Bush se le ha acusado benévolamente de dar palos de ciego. La realidad es que la administración buscaba menos gobierno pero creó un gobierno quebrado. Mientras observamos la fuga de asesores de la Casa Blanca, los que permanecen nos hacen recordar que el peor ciego es el que no quiere ver. Afortunadamente prestamos todos más atención cada día, y todavía recordamos cómo debe funcionar un gobierno eficaz. Mientras buscamos la reforma, tenemos que seguir cuidando de nuestros vecinos hasta que el gobierno se recupere.

 

7-7-07 y nuestra buena ventura

Dicen que ser supersticioso trae mala suerte, pero el sábado, 7 del 7 de 07, fue un día que nos trajo a todos buena ventura. Fue el día en el que cientos de millones de personas de todos los continentes unieron sus corazones para confrontar el mayor reto de la humanidad en la historia moderna, el calentamiento global.

Por Javier Sierra

Y el cemento que unió todos estos corazones se llamó Live Earth, una serie de conciertos, desde Río de Janeiro a Sydney, con 150 artistas como Shakira, Cameron Díaz o Penélope Cruz, y actividades relacionadas en 130 países para concienciar al mundo de la urgente necesidad de atacar esta gran crisis global.

Todavía se está midiendo el verdadero impacto de este festival planetario, pero lo que sí está claro es que la masiva participación vía televisión, radio e internet ya lo han convertido en el mayor evento cultural global de la historia.

Y uno piensa que para la comunidad latina, eventos así tienen especial relevancia porque para la enorme mayoría de nosotros cuidar nuestra Tierra no es sólo un valor familiar, sino también un valor religioso.

Como dijo la autora Cintra Wilson en Salon.com, “Amando nuestro planeta, podemos amarnos a nosotros mismos, amarnos unos a otros y literalmente salvar al mundo”.

El terremoto musical también nos dejó claro que a grandes males, grandes remedios. No olvidemos que lo que nos jugamos en este envite es ni más ni menos que la herencia natural que dejaremos a nuestros hijos y nuestros nietos.

Hay que ponerse manos a la obra, y por fortuna, el 7-7-07 no es la única buena noticia que tengo para usted porque el torrente de cambios y acontecimientos positivos para nuestro legado natural parece incontenible.

Empecemos en los lugares más insospechados. El gigante petrolero ConocoPhillips, uno de los símbolos de la oposición histórica al combate contra el calentamiento global, ha reconocido que se deben imponer límites a la contaminación que genera este fenómeno.

La Kansas City Power & Light ha llegado a un acuerdo con el Sierra Club para dejar de construir instalaciones de combustión de carbón y para reducir sus emisiones de dióxido de carbono en un 20% de aquí al 2020. Estas plantas -la peor fuente de contaminación en nuestro país- ya han sido prohibidas en dos estados, California y Idaho.

En Washington, mientras tanto, el Congreso también parece haberse puesto las pilas al haber aprobado varias brillantes iniciativas. Como parte de un proyecto presupuestario para las agencias que protegen el medio ambiente de $27,600 millones, la Cámara de Representantes ha separado $228 millones destinados al sistema de parques nacionales. Otros $200 millones se van a dedicar a financiar los programas de conservación de espacios naturales. Y además, la Cámara duplicó el presupuesto inicial para que las comunidades y barrios del país disfruten de agua limpia ayudándolas a construir plantas de tratamiento y purificación.

La comunidad latina sería uno de los mayores beneficiarios de esta iniciativa. Ahora sólo falta -y seguimos confiando en la buena fortuna- que el Presidente Bush no cumpla su promesa de vetar este crucial proyecto de ley.

Pero no sólo del gobierno federal vive el país. Las “Ciudades Frescas” -un movimiento de comunidades de todo Estados Unidos que se han comprometido a reducir sus emisiones de calentamiento global para cumplir con las exigencias del Protocolo de Kyoto- ya cuenta con 500 miembros. Y California, Hawai, Nueva Jersey y Washington se han unido a este movimiento a nivel estatal.

Pero no debemos dormirnos en los laureles. El tamaño de esta empresa es monumental. Cada segundo, en Estados Unidos emitimos 50 toneladas de carbono a la atmósfera. Nuestros carros y camiones queman 180,000 millones de galones de combustible cada año. Y nuestro país, con sólo el 5% de la población mundial, consume el 25% de la producción petrolera del planeta.

Si todos reducimos nuestro consumo energético en un 2% anual, para el 2050 habremos vencido este reto llamado calentamiento global.

Ahora nos toca a todos asegurarnos que el 7-7-07 fue sólo el principio de nuestra buena ventura colectiva.

 

Sobre Calcetines y Refritos

Por Javier Sierra

Mientras escuchaba el Discurso del Estado de la Nación del Presidente Bush, varias veces me dio la sensación de que esta película ya la había visto, especialmente cuando habló de sus iniciativas sobre política energética. La Casa Blanca las había anunciado a bombo y platillo como la última superproducción de Hollywood.

 El asesor económico de la Casa Blanca Alan Hubbard había predicho que el mensaje del mandatario iba a dejarnos tan impresionados que “nos sacaría los calcetines” (usando la expresión en inglés). Pero, como respondió Carl Pope, director ejecutivo del Sierra Club, después del discurso, “los calcetines todavía los tenemos puestos”.

Efectivamente, las propuestas de Bush a todo el país nos dejaron con un regusto a refrito de las promesas en papel mojado que hemos oído los últimos seis años.

El presidente nos dijo que su meta es reducir el uso de gasolina en un 20% en los próximos 10 años para acabar con lo que él llama “nuestra dependencia de petróleo extranjero”. Pero la misma Casa Blanca reconoce que ese 20% se refiere a los niveles de gasolina que se espera se consuman en el futuro, no los niveles actuales de uso. Es decir, las emisiones de gases que causan el calentamiento global van a reducirse mínimamente, o incluso aumentarán, en lugar de disminuirse en un muy necesario 80%.

En todos sus discursos a la nación, Bush ha defendido que para la salud de nuestra economía y la seguridad de nuestro país, debemos reducir el consumo de hidrocarburos y optar por fuentes renovables de energía. Sin embargo, en estos seis años, nuestra dependencia de petróleo extranjero ha alcanzado sus niveles más altos en década y media. En 2000, importábamos el 58% de nuestro petróleo. En septiembre de 2006, el 70%.

La aparente pasión de Bush por las fuentes alternativas de energía despierta grandes suspicacias porque a la hora de actuar, las palabras se las lleva el viento. En 2006, después de prometer la financiación para el desarrollo de estas tecnologías, Bush mutiló el presupuesto del Laboratorio Nacional de Energías Renovables, y hoy es menor que cuando llegó a la presidencia.

Bush también nos dijo que quiere aumentar la eficacia de los carros y camiones ligeros que se fabriquen en Estados Unidos. Concretamente defiende que este aumento empiece en los modelos de carro de 2010 y en los de camiones de 2012.

El plan, sin embargo, permite a los constructores aplicar reglas complejas sobre el tamaño y el promedio de consumo. La Unión de Científicos Preocupados, un grupo observador independiente, indica que las reglas “podrían animar a los constructores a vender vehículos más grandes y pesados que consumen más combustible”.

Bush no tiene por qué andarse por las ramas para atacar este problema. La industria automotriz ya tiene a su disposición la tecnología para producir carros y camiones que rindan al menos 40 millas por galón. Si esto empezara a hacerse ahora, no en 2010 ni 2012, en diez años nos ahorraríamos todo el petróleo que importamos del Golfo Pérsico, la región más volátil del mundo, y lo que pudiéramos extraer de las zonas prístinas de Alaska.

Por el contrario, Bush sigue defendiendo que se abran las explotaciones petroleras en el Refugio Nacional Ártico de Vida Silvestre, uno de los pocos ecosistemas completos que quedan en el Hemisferio Occidental. Estudios nos aseguran que la primera gota de petróleo que se extraiga de ese lugar prístino tardaría 10 años en llegar al consumidor y las reservas durarían sólo seis meses.

“El presidente está engañando al país sobre lo que va a solucionar nuestra dependencia petrolera y el calentamiento global”, dijo Pope. “El presidente se está centrando en las soluciones equivocadas mientras las correctas se pueden alcanzar fácilmente y son mejores para toda la nación”.

Por primera vez en sus siete discursos a la nación, Bush reconoció que todos debemos “confrontar los serios retos del cambio climático global”. Pero para enfrentar estos retos, debemos reducir drásticamente las emisiones de gases procedentes de las plantas energéticas que calientan y envenenan nuestra atmósfera. Bush, sin embargo, en su discurso de 6,000 palabras, no hizo mención alguna a este terrible problema.

Las plantas energéticas generan el 40% de las emisiones tóxicas en Estados Unidos. Y este año, la administración Bush tiene planeado permitir a estas plantas regularse a sí mismas. Es decir, dejar que el zorro vigile el gallinero y que nos bombardeen con mayores cantidades de sustancias cancerígenas.

No sólo tenemos los calcetines todavía puestos. También tenemos puestas las máscaras de gas.

 

 

Que Dios Nos Libre de Otro 9-11

Por Javier Sierra

Mientras se desvanecen los ecos del quinto aniversario del 11 de septiembre de 2001, o simplemente 9-11, para Alex Sánchez esa fatídica fecha se repite los 365 días del año. “Yo vi los ataques del 11 de septiembre”, recuerda Alex, un neoyorquino de 38 años y de origen dominicano. “Me sentí obligado a ayudar a la ciudad que me vio nacer. Fue un honor haber estado allí. Pero ahora no sé cuánto tiempo me queda”.

Alex es uno de los miles de trabajadores latinos que acudieron casi de inmediato al Punto Cero para participar en las labores de limpieza de los edificios aledaños a las desaparecidas Torres Gemelas. Hoy, Alex está tan enfermo del polvo tóxico que todo lo cubrió que ha quedado incapacitado, y teme que los nódulos que se han detectado en uno de sus pulmones sean el principio de un cáncer. “No me libro de esta tos, tengo mucha fatiga, un dolor que me revienta la cabeza, y una depresión inmensa”, dice Alex. “Todavía tengo trozos de esos edificios en mi cuerpo, y me están matando”.

Pero Alex también está enfermo de los espectaculares niveles de corrupción gubernamental que les ocultó a él y a otros miles de trabajadores y residentes los terribles peligros a la salud que les esperaban alrededor de las ruinas del World Trade Center. Según documentos de una investigación interna de la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), no sólo la Casa Blanca tranquilizó falsamente al público sobre las seguridad medioambiental en el Punto Cero —como ya se había develado— sino que la entonces la administradora de la EPA, Christine Todd Whitman, también participó en estos engañosos esfuerzos.
Los documentos, descubiertos como parte de una investigación del inspector general de la agencia, incluyen una entrevista con la entonces portavoz de Whitman, Tina Kreisher. Al preguntársele si existió una intención deliberada para tranquilizar al público, “La Sta. Kreisher dijo que sí existió tal intención. ‘Este énfasis vino de la administradora [Whitman] y de la Casa Blanca’”, según los documentos.

Hace dos años, el Sierra Club, en un explosivo estudio sobre la negligencia temeraria de la Administración Bush en el Punto Cero, advirtió que en los días, semanas y meses después de los ataques, la EPA debería haber sabido que en el medio ambiente había una gran concentración de sustancias tóxicas, como asbesto, benceno, dioxinas, PCB, y cemento y cristal pulverizados. “Esto es negligencia y un acto criminal poner a la gente en peligro”, dice Alex, quien reconoce que jamás hubiera entrado en el Punto Cero si hubiera sabido los peligros a los que se estaba exponiendo.

Los 25 compañeros de cuadrilla de Alex están enfermos con los mismos síntomas que él. De hecho, según un reciente estudio del Mt. Sinai Medical Center (MSMC) —la institución pionera en el tratamiento de las víctimas de la contaminación del Punto Cero— casi el 70% de los trabajadores está enfermo debido al contacto con el polvo tóxico. Miles de trabajadores latinos son víctimas de esta plaga. “De los 16,000 participantes en nuestro programa de monitoreo de trabajadores del Punto Cero, 3,000 son latinos”, dice el Dr. Rafael de la Hoz, especialista del MSMC. “En nuestro programa de tratamiento a enfermos del Punto Cero, los latinos constituyen un 33% de los pacientes, un poco más de 700”.

La falta de seguro médico entre los latinos agudiza esta crisis. “Un 40% de los participantes en el programa de monitoreo de salud carece de seguro médico”, indica el Dr. de la Hoz. “Entre los latinos el porcentaje es aún más alto, como un 75%, lo que los hace, por esa y muchas otras razones, un grupo particularmente vulnerable”. Alex está en ese 75%. Antes del 9-11, ganaba unos $600 a la semana. Hoy sólo recibe $143 semanales como compensación laboral, aunque en principio se le prometió $243. “Me siento como pidiendo limosna después de haber dado mi salud para ayudar a estabilizar Nueva York”, se lamenta Alex, quien a duras penas mantiene a su madre y a su hijo de cinco años.

Pero el futuro no es halagüeño. Los mismos estándares federales de respuesta a emergencias ecológicas como el 9-11 se pusieron en práctica después del embate del Huracán Katrina con las conocidas catastróficas consecuencias. Y esos estándares siguen hoy vigentes, gracias a la Administración Bush.

Con razón Alex dice, “Que Dios nos libre de otro mal como el 9-11”.

 

Un Remedio Peor Que la Enfermedad

Por Javier Sierra

Los seres humanos, en ocasiones, nos comportamos más como mulas tercas que como seres racionales. Y la aterradora resurgencia de la energía nuclear es un muy buen ejemplo de ello.

Empecemos por dejar claro que no sólo Estados Unidos sino la humanidad entera se enfrenta a un reto histórico: cómo detener el calentamiento global mientras se satisfacen las necesidades energéticas de una población mundial que supera los 6,000 millones de almas.

Con las reservas petroleras mundiales en rápido descenso, los precios del barril de rudo más altos de la historia y la región productora más importante del mundo, el Medio Oriente, en llamas, todos estamos de acuerdo en que tenemos que acabar con nuestra dependencia petrolera. Es decir, debemos encontrar fuentes alternativas de energía.

El problema se hace más agudo cuando el remedio que presenta la administración Bush, entre otros, es peor que la enfermedad. La Casa Blanca, supuestamente para combatir los peligros ecológicos de las plantas generadoras de energía de combustión de carbón, defiende que la solución es construir más centrales nucleares.

“Cambiar de las plantas sucias de carbón a la peligrosa energía nuclear es como dejar los cigarrillos para fumar crack”, dice Dan Becker, Director del Programa sobre Calentamiento Global del Sierra Club.

El potencial de accidentes en estas centrales —y en Estados Unidos tenemos 104 de ellas— es enorme. Y no hace falta limitarnos sólo al ejemplo de Chernobyl, en Ucrania, donde hace más de 20 años ocurrió la peor catástrofe nuclear de la historia. Hace sólo tres años, un reactor nuclear en Ohio, estuvo a sólo un quinto de una pulgada de acero de que ocurriera un escape que podría haber ocasionado un desastre. Asimismo, después del derretimiento parcial en 1974 de uno de los reactores de la central de Three Mile Island, en Pennsylvania, la limpieza de la instalación tardó 14 años y costó cerca de $1,000 millones.

Estas centrales, además, son un tentador objetivo para ataques terroristas. Si, por ejemplo, ocurriera una emergencia en la planta de Indian Point, en Nueva York —sobre la cual sobrevoló uno de los aviones secuestrados el 11 de septiembre de 2001— todas las personas en un radio de 50 millas deberían ser evacuadas; es decir, 20 millones de residentes. Recordemos que activistas de Al Qaeda, antes de los ataques, inspeccionaron plantas nucleares como objetivos potenciales.

Por si fuera poco, las centrales nucleares producen enormes cantidades de residuos radioactivos, una de las sustancias más tóxicas y peligrosas que se conocen. Cada central en Estados Unidos genera 20 toneladas de residuos al año, multiplicadas por las 104 plantas existentes, nos da un total de 2,080 toneladas anuales. En grandes dosis estos residuos pueden causar la muerte, y en pequeñas, cáncer y malformaciones genéticas. Además, conservan su toxicidad durante 200,000 años.

Yucca Mountain, un paraje en el estado de Nevada, fue elegido para depositarse allí unas 77,000 toneladas de residuos nucleares en cámaras subterráneas. Sin embargo, el proyecto está paralizado, entre otras razones, porque el lugar es geológicamente mucho más inestable de que lo que se pensó originalmente. Considere también que a Nevada llegarían envíos de residuos nucleares de 41 estados y cruzarían miles de ciudades y pueblos, quizá su ciudad o su pueblo.

Esta fuente de energía, asimismo, está considerada la más cara del mundo. Su existencia sería imposible sin los extravagantes subsidios del gobierno federal, $66,000 millones desde 1948 a 1998. El año pasado, gracias a la desastrosa Ley de Política Energética, esta industria recibió otros $13,000 millones en subsidios.

Toda esta lista de disparates se hace incluso más inexplicable si consideramos que existen fuentes de energía mucho más limpias, baratas y seguras. Si esos $13,000 millones en subsidios se hubieran destinado a construir turbinas de viento, se podrían haber instalado más de 20,000 en todo el país.

La industria automotriz ya tiene a su disposición la tecnología necesaria para que todos los carros y camionetas ligeras que construya rindan al menos 40 millas por galón. Si esto se pusiera en práctica —con los precios de la gasolina más altos de la historia— en 10 años nos ahorraríamos todo el petróleo que importamos del Golfo Pérsico.

Todas nuestras necesidades de energía eléctrica se verían cumplidas combinando mejores medidas de eficacia energética, con energía solar y de viento, turbinas de gas natural de alta eficacia y plantas de carbón limpias. Además reduciríamos al menos el 70% de las emisiones de gases que causan el calentamiento global.

Los remedios están ahí. Pero antes tenemos que curarnos de una condición llamada terquedad.

 

La Fruta Mortal de las Plantas Energéticas

Por Javier Sierra

Si hubiera un campeonato mundial de resistencia a la contaminación atmosférica, el sur de Chicago sería un serio candidato para convertirse en sede de la competición. Acá, dos barrios abrumadoramente latinos resisten con especial heroísmo este bombardeo diario contra la salud de decenas de miles de personas.

Se trata de Little Village (La Villita) y Pilsen, comunidades que sufren la pésima fortuna de estar especialmente cerca de dos arcaicas plantas de generación de energía, la Crawford —la mayor fuente de contaminación en Illinois— y la Fisk. Son dos de las seis plantas de combustión de carbón en Chicago, y entre todas han cometido más de 7,600 violaciones contra las leyes de aire limpio.

Pero ni la ley ni la limpieza son ideales a los que aspiran estos dos enemigos de la salud pública, especialmente en los meses de julio y agosto, cuando el calor y la humedad hacen del respirar un trabajo forzado para demasiados residentes.

“Estos son días pegajosos, de cielos blancos y aire rancio, cuando sientes la mugre de la polución y el polvo de carbón pegado a la piel ”, dice Kim Wasserman-Nieto, directora de la Organización de Justicia Medioambiental de La Villita (LVEJO), el grupo que a duras penas lidera la resistencia contra los asaltos de la contaminación. “La mayoría de nuestras familias con niños asmáticos tienen que cerrar las ventanas, y muchas de ellas no tienen aire acondicionado”.

Desde que empezaron a operar en la década de 1950, estas plantas prácticamente no han realizado ninguna mejora en las instalaciones ni han aplicado ninguna de las salvaguardas de la Ley de Aire Limpio de 1970.

En el caso particular de la planta Fisk, anualmente, sus chimeneas emiten 4,300 toneladas de dióxido de azufre y más de 2,300 toneladas de dióxidos de nitrógeno, compuestos que contribuyen a la lluvia ácida y actúan como abrasivos en los pulmones. El bombardeo químico también incluye 117 toneladas de partículas nocivas —causantes de enfermedades respiratorias y cardiovasculares— y 26 toneladas de compuestos orgánicos volátiles, conocidos agentes cancerígenos.

Según un estudio realizado por la Universidad de Harvard en 2000, las nueve plantas de combustión de carbón existentes en Illinois anualmente causan 300 muertes y 14,000 ataques de asma. Sólo en las comunidades aledañas a las plantas Crawford y Fisk, cada año la contaminación causa la muerte de 41 personas, 2,800 ataques de asma y 500 visitas a las salas de emergencia.

“Al menos una vez cada tres o cuatro meses las plantas causan emisiones ‘accidentales’ que en un radio de diez cuadras deja una capa de polvo de carbón en carros, casas y otras estructuras”, dice Wasserman-Nieto. “¿Y qué hacen las autoridades para aliviar este problema? Nada”.

Según un estudio del Procurador General de Illinois, ninguna de las nueve plantas de carbón del estado jamás ha recibido una citación a causa de  las violaciones. Las corporaciones dueñas de estas plantas han encontrado en la administración Bush a su mejor aliado.

En 2003, la Agencia de Protección Medioambiental (EPA) decidió suspender sus investigaciones de 50 plantas energéticas en todo el país por violaciones a la Ley del Aire Limpio. Esto surgió a raíz de la decisión de la administración de “asegurar mejoras en la calidad del aire que sean económicas”.

Crawford y Fisk también se benefician de decisiones federales que permiten a plantas viejas y sucias evitar mejoras en sus instalaciones que reducirían sus niveles de contaminación.

Esta falta de acción nos perjudica especialmente a los latinos. Según estudios, los niños de familias con ingresos inferiores a los $20,000 anuales tienen el doble de probabilidades de contraer asma que los de familias más acomodadas. Asimismo, el 80 por ciento de los latinos vivimos en los condados del país con la peor calidad de aire.

Atacar este problema también tiene sentido económico. Según la EPA, en sus primeros 20 años, la Ley del Aire Limpio le ha costado al país unos $500 mil millones en mejoras, pero le ha ahorrado unos $22 billones en gastos médicos y laborales. Si estas plantas se atuvieran a los estándares de la Ley de Aire Limpio, se evitarían cerca del 70 por ciento de las muertes y ataques de asma.

Mientras tanto, en Little Village, Pilsen y en el resto de las comunidades alrededor de las 500 instalaciones exentas de cumplir con los estándares anticontaminación del siglo 21 en todo el país, cientos de miles de personas siguen recolectando la fruta mortal de estas plantas.

Como dice Wasserman-Nieto, “En La Villita, no hay un momento de respiro”.

 

El Termómetro Humano

Por Javier Sierra

Laura Pugliese, una argentina que vive en Miami, nunca pensó que su cuerpo podría convertirse en un termómetro, un termómetro de toxicidad cuyos niveles se elevarían a niveles insospechados.

Hace dos años, se enteró que el envenenamiento de mercurio es un peligro cierto para ella y millones de mujeres en edad fértil, y se decidió a someterse a una sencilla prueba, dar una muestra de su cabello. El resultado la dejó de piedra ya que su nivel de  mercurio excedía significativamente el máximo saludable adoptado por la Agencia de Protección Medioambiental (EPA). “Estaba planeando tener mi primer hijo y decidí seguir una dieta estricta de vegetales y frutas y la única carne que comía era la de pescado,” recuerda Laura. “¿Quién me iba a decir que lo que estaba haciendo era envenenando mi cuerpo?”

Resulta que el mercurio, en su forma más tóxica, el metil-mercurio, entra en el cuerpo humano a través del pescado. Y Laura, como millones de latinas más, consumía los tipos de pescado que contienen más metil-mercurio, el atún y el salmón.

Este veneno de gran toxicidad afecta el sistema inmunológico, altera los sistemas genético y endocrino, y daña el sistema nervioso. Pero el metil-mercurio es cinco veces más tóxico para el embrión, ya que puede causar graves problemas neurológicos y de aprendizaje, parálisis cerebral y hasta retardo mental. Los recién nacidos y los niños de corta edad son también especialmente vulnerables.

 “Al ver los resultados tuve que hacer un cambio drástico en mi vida”, recuerda Laura. “Decidí que no podía tener hijos. Era un riesgo demasiado grave”.

Un nuevo estudio confirma que el problema de Laura es en realidad una epidemia. El informe  —patrocinado por el Sierra Club y Greenpeace y publicado en febrero por la Universidad de Carolina del Norte— analizó muestras de cabello de más de 2,800 mujeres en edad fértil, de las cuales el 22.5% resultó tener niveles peligrosos de mercurio.

El sondeo confirma un informe previo de la EPA que asegura que hasta 630,000 bebés nacen cada año en Estados Unidos con peligrosos niveles de mercurio en la sangre. Dado que la tasa de natalidad de las latinas es la más alta del país, nuestras familias son especialmente vulnerables a los efectos de este veneno.

¿De dónde viene este mercurio? La mayor fuente son las plantas energéticas de combustión de carbón, las cuales emiten toneladas de este veneno cada año. El mercurio cae en forma de lluvia a arroyos, ríos y lagos, donde se convierte en metil-mercurio y es absorbido por los peces y el marisco.

La situación alcanzó niveles de crisis en 2004 cuando la EPA y la Administración de Alimentos y Medicinas emitieron una alerta de mercurio para aconsejar a las mujeres en edad fértil, las embarazadas y las madres lactantes que no comieran determinados tipos de pescado para evitar el envenenamiento.

Además, 45 estados han emitido advertencias similares; y de los cinco con más contaminación de mercurio, tres de ellos tienen una elevada población latina —Florida, Illinois y Texas.

Irónicamente, ya existe la tecnología necesaria para prácticamente eliminar la contaminación de mercurio. Lo que falta es la voluntad de implementar estándares ya existentes por parte de la administración Bush; y esto, Laura dice, es inaceptable. “Como ciudadana de este país y de este planeta esta actitud del gobierno me enfurece”, dice Laura. “Ya tenemos las soluciones para cortar esta epidemia. Creo que es vergonzoso lo que están haciendo contra el medio ambiente, que es lo que nos mantiene vivos a todos”.

 Hay sistemas que podrían reducir las emisiones de mercurio en un 90% y que a la industria generadora de energía le costaría implementarlos menos de un 1% de sus ingresos.

Sin embargo, esta industria prefiere invertir su dinero en influenciar a la administración para cambiar la ley que, si se dejara en paz, reduciría las emisiones de mercurio en un 90% para el año 2008.

A cambio, la EPA anunció una regla que permite a las plantas de carbón emitir tres veces más mercurio de lo que exige la legislación actual.

Está claro que a esta industria y a la administración Bush no les preocupa que millones de mujeres se conviertan en termómetros de toxicidad. Le recomiendo entonces que si es mujer en edad fértil se haga la prueba del mercurio al igual que Laura. Visite www.sierraclub.org/ecocentro para enterarse de los detalles y de qué pescados se pueden o no comer.

 

"Tufo" de Corrupción

Por Javier Sierra

A todos les habrá llegado el tufo a podrido procedente de Washington, DC. El cabildero republicano Jack Abramoff, quien este mes se declaró culpable de varios crímenes, parece ser sólo la punta del iceberg de una de las peores oleadas de corrupción en la historia del gobierno federal. Parece que de la cúpula del Capitolio se ha colgado un cartel que dice: “Se Vende al Mejor Postor.”

Parte de este hedor proviene de la oficina de uno de los representantes más poderosos de la Cámara Baja, el republicano por California Richard Pombo, uno de los peores enemigos del medio ambiente y de los intereses de la comunidad latina.

Desde su privilegiada posición como presidente de la poderosa Comisión de Recursos, Pombo ha declarado la guerra contra el agua, el aire y los entornos naturales —el patrimonio de todos y la herencia más rica que recibirán nuestros hijos.

Pombo —un descendiente de inmigrantes portugueses, y por tanto, miembro de la comunidad latina— se adhiere al concepto de que la política es el arte de convencer a todos para poder beneficiar a unos pocos. Y su larga lista de atrocidades contra el medio ambiente así lo demuestra.

Este terrateniente del Valle de San Joaquín, California, ha lanzado una ofensiva por acabar con la prohibición del uso de uno de los pesticidas más tóxicos que se conocen, el bromuro metílico. Si Pombo se sale con la suya, decenas de miles de braceros hispanos quedarán expuestos a los mortales efectos de este veneno, incluyendo cáncer y defectos de nacimiento. Además, el bromuro metílico es un devorador de la capa de ozono, la que nos protege contra los rayos nocivos del sol.

En 2005, Pombo intentó poner a la venta 15 parques nacionales —terrenos públicos que a todos nos pertenecen— para “reducir el déficit federal”.

Usando trucos legislativos más propios de un tahúr que de un servidor público, está tratando que las costas del país y el Refugio Artico Nacional de Vida Silvestre —uno de los pocos tesoros naturales prístinos que quedan en nuestro país—  se abran a  devastadoras explotaciones petroleras y de gas.

Por medio de otro apaño, en diciembre Pombo implantó una oscura cláusula en el presupuesto federal que hubiera permitido poner en venta millones de acres de terrenos públicos a precios ridículamente bajos a urbanizadores, compañías mineras y otros intereses industriales.

Desde que llegó al Congreso en 1994, Pombo se ha propuesto desmantelar la Ley de Protección de Especies en Peligro —la misma que ha salvado de la extinción a cientos de especies animales y recuperado otras como el águila calva y el oso grizzli— dejando desprotegido su hábitat natural.

Todas estas iniciativas de Pombo, y varias más, contradicen de plano los valores de la comunidad latina. Según un estudio de la revista Time, el 87% de los latinos cree que el medio ambiente es un tema muy o extremadamente importante. Otra encuesta realizada en el suroeste del país por Bendixen & Associates indica que el 71% de los latinos cree que preservar la naturaleza es un valor no solamente familiar sino también religioso.

Increíblemente, Pombo insiste que sus propuestas legislativas tienen un solo propósito, proteger al débil. Pero si revisamos quiénes son sus donantes y benefactores —compañías petroleras y de gas, conglomerados agrícolas, casinos y empresas de bienes raíces— no es de extrañar que el grupo Ciudadanos por la Responsabilidad y la Etica en Washington lo haya nombrado uno de los políticos más corruptos de la capital.

Según documentos obtenidos por el diario Los Angeles Times, Pombo supo cómo devolver los favores de su protector, Tom Delay, el ex líder de la mayoría republicana de la Cámara Baja, ahora envuelto en un intenso escándalo de corrupción. Usando su poderosa posición, Pombo logró que se suspendiera la investigación federal que le hubiera costado $300 millones en multas a un donante de su campaña y amigo de Delay, el millonario texano Charles Hurwitz.

Pombo resulta ser también un compadre de Abramoff. Después de aceptar contribuciones de este corrupto cabildero, Pombo se negó a que su comisión se uniera a las investigaciones federales de venta de influencias de este criminal confeso.

El poder absoluto corrompe absolutamente. Y a juzgar por el tufo de corrupción  procedente de su oficina del Congreso, este es el caso del Representante Pombo. Tan intenso es el hedor que todo parece indicar que finalmente ha llegado a su distrito electoral.

 

 

Nota: La opinión de los columnistas no necesariamente es la opinión de este medio de comunicación. Las opiniones son de pura y exclusiva responsabilidad del columnista.

 

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